Durante los últimos años, los mercados han convivido con una sucesión inagotable de amenazas. Algunas han ocupado titulares durante meses, otras han desaparecido tan rápido como llegaron. Sin embargo, pocas metáforas describen mejor el momento actual que la célebre “Canción de Navidad” de Charles Dickens. Igual que el atribulado Ebenezer Scrooge, los mercados parecen hoy acompañados por tres fantasmas: el del pasado, el del presente y el del futuro.
El fantasma que se desvanece: los aranceles
De acuerdo a los últimos modelos macroeconómicos de la Reserva Federal, el fantasma de los aranceles pasados que tanto inquietó a los mercados en 2025 comienza a desvanecerse en la medida que el mundo ha aprendido la lección: por un lado, las tensiones comerciales han dado paso a una aparente tregua con negociaciones bilaterales (“win/win”) que han permitido un nuevo equilibrio y delimitación de las principales áreas comerciales; y por otro, las empresas globales han reestructurado, regionalizado y diversificado sus cadenas de suministro, consiguiendo no solo reducir dependencias críticas ampliamente expuestas tras la pandemia y las guerras comerciales, sino también mitigar buena parte del impacto inflacionario inicial.
Lo que parecía una amenaza definitiva y un shock estructural capaz de alterar el comercio mundial, ha sido integrado dentro de las expectativas del mercado y de la economía global. Los mercados no han eliminado el problema, simplemente han aprendido a convivir con él. Y es que los datos respaldan esta percepción: la inflación que llegó a superar el 9% en 2022, se ha moderado en paralelo a unas expectativas que siguen ancladas; y el comercio mundial, lejos de colapsar, ha encontrado nuevas rutas y equilibrios.
El fantasma del presente: la energía
Sin embargo, como bien sabría advertirnos el redimido Ebenezer, en el mundo financiero, cuando una sombra se retira, otra más inquietante aparece dispuesta a reavivar el fuego de la incertidumbre. En este caso, ha aparecido en escena el fantasma del coste energético presente, alimentado por la fuerza de las luchas geopolíticas: tras Ucrania resurgen ahora las tensiones bélicas en Oriente Medio; la fragilidad de las principales rutas marítimas y la competencia por recursos y posicionamientos geoestratégicos han devuelto la volatilidad a los mercados, sembrando nuevas dudas respecto a la evolución de la inflación y la capacidad financiera de hogares y empresas para absorber su impacto. Con todo, incluso ante esta amenaza la capacidad de adaptación del mercado vuelve a hacerse visible: la entrada en producción de nuevos yacimientos, la diversificación de proveedores hacia otras áreas y fuentes energéticas, la apertura de nuevas rutas en Omán y el incremento y ampliación de los oleoductos en el área permitirán mitigar el impacto a lo largo del tiempo. A falta de un cierre definitivo del conflicto, el mercado continúa haciendo lo que mejor sabe hacer: adaptarse a una realidad cambiante.
El fantasma del futuro
A pesar de todo, el más inquietante de todos los fantasmas quizás no sea ninguno de los que ya conocemos; mientras los inversores tratan de salvar con ansiedad los riesgos inmediatos y la nueva información se descuenta e incorpora mecánicamente a los precios de mercado, un tercer espectro aguarda silenciosa y pacientemente al final del camino, envuelto en su capa de incertidumbre. Apenas se distingue su silueta aún, aunque su presencia se proyecte en ocasiones sobre el mercado; se trata de los grandes cambios estructurales: la transformación tecnológica, el envejecimiento demográfico, los crecientes niveles de deuda soberana, la sostenibilidad del estado de bienestar, el aumento de la desigualdad, o la fragmentación geopolítica del mundo. Todos ellos riesgos financieros latentes, fuera de foco y de las grandes narrativas al ser menos inmediatos, pero que potencialmente determinarán el rumbo de los mercados financieros la próxima década.
Después de todo, el verdadero reto no consiste en perseguir el fantasma que todos ven, sino en reconocer la sombra que nadie observa. La clave no es solo ser capaz de adaptarse a una realidad compleja, sino pensar estratégicamente más allá del ruido del presente para prepararse tanto ante a las mayores amenazas como a las mayores oportunidades que se presentarán en el futuro. Ante estos escenarios, el inversor podría formularse la misma pregunta que atormentaba al protagonista de la novela: “¿Son estas las sombras de las cosas que Serán o sólo las sombras de las cosas que Podrían Ser?”.
Paradójicamente, puede que el tercer espectro parezca el más aterrador de todos, pero es en el fondo también el más esperanzador ya que por encima del determinismo, es su incertidumbre la que nos brinda la posibilidad de reescribir el destino. Al igual que en la obra de Dickens, la incertidumbre nunca desaparece, simplemente cambia de forma. Al fin y al cabo, el futuro no es lo que va a pasar, sino lo que vamos a hacer.