Una CNMV del ladrillo

El mercado inmobiliario, donde se concentra el 80% de la riqueza de los hogares españoles, continúa marcado por la opacidad, la iliquidez, la informalidad y profundas asimetrías de información. Podría emitir recomendaciones no vinculantes sobre las necesidades de vivienda en cada región, luchar contra el blanqueo de capitales...

Comprar una vivienda es la decisión más importante de la vida de los españoles: significa comprometer décadas de rentas futuras y asumir un riesgo que condicionará la estabilidad familiar durante años. A diferencia del resto de países de Europa, para los españoles el ladrillo es una verdadera obsesión: según algunas estimaciones, casi el 80% del patrimonio bruto está ligado al mercado inmobiliario (vs el 40% de los países nórdicos). Tener el 80% del patrimonio bruto en el sector inmobiliario significa que se tiene una alta concentración de riesgo en un solo sector (y en ocasiones en un único activo que no genera rentas y que además resta flexibilidad por su iliquidez). 

Paradójicamente, mientras los mercados financieros descansan sobre exigencias de transparencia, liquidez, supervisión e información homogénea, el mercado inmobiliario continúa marcado por la opacidad, la iliquidez, la informalidad y profundas asimetrías de información. A esto se añade ahora la escasez de oferta en algunas zonas y una rigidez estructural para satisfacer la demanda que hace que los ajustes sean lentos y dolorosos, resultando en la tradicional sucesión de ciclos de recalentamiento y recesión cuyos efectos se propagan directamente por el balance de millones de familias. La pregunta, por tanto, no es extravagante: ¿necesita España una autoridad específica para el mercado inmobiliario, una suerte de CNMV del ladrillo?

Un organismo de ámbito nacional para el ladrillo no tendría que sustituir competencias existentes, ni decidir cuánto y cómo construir. Su valor estaría en aportar una mirada técnica, independiente y de largo plazo que ayude a una mejor coordinación. Podría emitir recomendaciones no vinculantes sobre las necesidades de vivienda en cada región en base a variables objetivas (evolución demográfica, formación de hogares, empleo, consumo energético, infraestructuras, etc). También podría evaluar de manera continua los riesgos sistémicos del sector: detectar situaciones persistentes de sobreoferta o escasez, desequilibrios territoriales y analizar concentraciones excesivas de determinados operadores (en los mercados de capitales, las posiciones capaces de alterar la formación de precios son objeto de escrutinio, mientras que en el inmobiliario, la opacidad y fragmentación son la tónica habitual).

La protección del consumidor debería ocupar un lugar central: contratos abusivos, clausulas opacas, publicidad engañosa, fraudes en promociones sobre plano o riesgos asociados a nuevas formas de inversión como el crowdfunding o la tokenización. Igualmente, la lucha contra el blanqueo de capitales podría ser otro de sus cometidos habituales, así como el desarrollo de estándares comunes de información para compradores y vendedores: métricas comparables, costes, estado del inmueble, eficiencia energética, riesgos jurídicos, etc. En resumen, ayudar con su supervisión a formar un mercado más transparente y maduro

Naturalmente, España no necesita otra capa de burocracia más que duplique competencias, ralentice proyectos o convierta la supervisión en intervencionismo. Una institución así solo serviría si fuera puramente técnica, independiente y diseñada para coordinar. Después de todo, si supervisamos los mercados donde invertimos parte de nuestros ahorros, cuesta justificar menores niveles de transparencia e información donde millones de familias concentran casi todo lo que tienen… ¿no deberíamos aspirar a estándares equivalentes? 

Redacción Consejeros
Queremos contar qué piensan, y por qué, quienes administran nuestros capitales, nuestros votos y nuestros derechos. En las grandes sociedades cotizadas y en las grandes instituciones surgidas para defendernos y representarnos, para marcar el rumbo.

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