Los inversores deben ser realistas. Estamos en un mundo marcado por la incertidumbre, las rivalidades multipolares y la inestabilidad geopolítica y las transformaciones y avances tecnológicos. Las interrupciones en las cadenas de suministros se concentran, con fricciones comerciales en una economía fragmentándose en bloques rivales. Se trata de una mutación global, que erosiona la arquitectura post II Guerra Mundial.
Al mismo tiempo, el ritmo de electrificación se acelera. Pero la oferta de minerales críticos no ha seguido el ritmo de la demanda, con presión en las cadenas de suministro. La dependencia de recursos críticos de países específicos aumenta las vulnerabilidades. Es el caso del cobre, cuya demanda crece del 3 a 5% anualmente desde 2019, impulsada por la electrificación y las energías renovables. Pero China, República Democrática del Congo y Chile concentran el 62% de la producción de cobre refinado. La demanda de este mineral crítico y de otras materias primas aumentará con riesgos de interrupciones del suministro y volatilidad de los precios.
Como señaló el primer ministro canadiense Mark Carney en el Foro Económico Mundial en Davos, los países se están dando cuenta de que necesitan traer de vuelta la producción de bienes industriales clave, en lo que supone un impulso hacia la reindustrialización y la relocalización. Así que muchos Gobiernos están llegando a las mismas conclusiones: hay que desarrollar una mayor autonomía estratégica en las cadenas de suministro, en energía, minerales, infraestructuras, inteligencia artificial, alimentación y finanzas. Las tensiones por el conflicto iraní refuerzan este sentimiento.
Hay que tener en cuenta que la rivalidad multipolar en este nuevo orden mundial –descrita por Carney como "ruptura"– ya ha llevado a los países de la OTAN a un nuevo objetivo de invertir 5% del PIB en defensa y seguridad para 2035, con 1,5% en infraestructuras relacionadas con seguridad, ciber resiliencia y logística.
Solo Alemania planea gastar un billón de euros en infraestructuras y defensa en doce años. Con ello pretende modernizar sus redes de transporte, sistemas energéticos e infraestructura digital, al tiempo que aumenta significativamente las capacidades de defensa. Globalmente se prevé que el gasto anual global en infraestructuras de transporte, energía y digitalización aumenten desde 4,4 billones de dólares en 2024 a 6,9 billones para 2050 según Global Infrastructure Outlook 2025–50 de Price Waterhouse Coopers.
Al mismo tiempo aumenta la demanda energética por el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) y la electrificación de la economía. Se prevé que la demanda de electricidad para centros de datos y vehículos eléctricos se triplique los próximos años, siendo necesaria la modernización de las redes y el almacenamiento de energía. Ello requiere grandes inversiones, tanto en infraestructuras como en generación de energía limpia.
Todo ello aumenta la demanda de bienes físicos y de activos reales –cuyo valor intrínseco derivada de sus propiedades físicas–, incluyendo metales preciosos, bienes inmuebles y determinadas empresas de los sectores de la minería, energía, transporte e infraestructuras y que suministran los recursos para la economía del mañana en esta nueva era en la que los Gobiernos priorizan la "autonomía estratégica".
Los activos reales, protección frente a la IA
Al mismo tiempo estos activos ofrecen una protección frente a la disrupción por la IA para los modelos de negocio establecidos. Se trata de empresas HALO Heavy Assets, Low Obsolescence (activos pesados de baja obsolescencia), que cuentan con infraestructuras físicas de alta calidad, se benefician de barreras a la competencia y pueden ofrecer dividendos que igualan o superan la inflación, con apreciación del capital a largo plazo.
En este sentido la resistencia de las empresas con activos físicos contrasta con la vulnerabilidad de algunas empresas con productos y servicios intangibles. Es el caso de las empresas de software como servicio, afectadas desde principios de este año por preocupaciones de que la IA comprometa su negocio. A pesar de ello, muchas empresas con activos tangibles están infravaloradas. La relación precio/beneficios en infraestructuras y servicios públicos en comparación con el índice global muestra descuentos del 10 a 30% los últimos años.
El caso es que todo ello favorece la demanda de metales preciosos y de bienes inmuebles. El oro está respaldado por su rareza –todo el extraído en el mundo cabe en solo 22 metros cúbicos– y actúa como cobertura frente a la volatilidad y la incertidumbre. Su demanda por parte de los bancos centrales y fondos cotizados ha aumentado y su participación en las reservas centrales supera el 60% desde 2022. Su precio ha alcanzado máximos históricos los últimos dos años. Aunque pasa por ciclos, con caídas promedio del 17%, mantiene una tendencia alcista a largo plazo.
Por su parte el sector inmobiliario es diversificador y protege contra la inflación y la incertidumbre fiscal, siendo especialmente atractivo en este contexto global de ruptura geopolítica. Ello es especialmente cierto en Europa, donde destaca la demanda de inmuebles en ciudades con escasez de oferta. La fortaleza del euro hace aún más atractiva esta inversión en inmuebles europeos.
Asimismo, los activos reales protegen de las fuerzas a largo plazo que están socavando el valor del dinero. La deuda pública en Estados Unidos va a llegar a 101% del PIB este año, con intereses del 4,6% del PIB para 2036. Este aumento del gasto público para infraestructuras y defensa viene acompañado de crecientes déficits, tanto en Estados Unidos, como en Europa y Japón, generando preocupaciones de dominio fiscal, es decir, de presión política para mantener bajos los tipos de interés ante el aumento del endeudamiento. A ello se suman las preocupaciones sobre la politización de las instituciones clave.
El resultado es un riesgo de lenta degradación del valor del dinero.