La economía global está temblando, los costes energéticos siguen disparados, la guerra en Irán está impulsando con fuerza los costes del transporte y despertando serios temores de estanflación. El detonante parece bastante claro: el estrecho de Ormuz está bloqueado.
Históricamente, los estadounidenses siempre habían destinado una parte mucho mayor de sus ingresos a la energía que los europeos. Era casi una ley no escrita, pero este factor ha cambiado por completo. En Alemania, los costes energéticos absorben ya alrededor del 5% del presupuesto total de los hogares. Como si el estado comenzara a retirar a los ciudadanos un 5% de su cuenta bancaria cada mes, una especie de “impuesto de crisis” permanente e imprevisible. Los más probable sería que los consumidores dejaran de ir a restaurantes o de comprar ropa nueva.
Cuando una parte creciente del dinero debe destinarse obligatoriamente a pagar energía más cara, ese dinero deja de llegar al consumo interno. Esto debilita enormemente la economía. Al mismo tiempo, esos mayores costes energéticos terminan trasladándose prácticamente a todos los productos finales. Y eso alimenta directamente el siguiente gran problema: la inflación.
En los últimos meses hemos visto tasas de inflación del 3,8% en Estados Unidos y del 3% en la eurozona, con la energía como gran motor detrás de las subidas de precios. Ante esto, los bancos centrales están reaccionando con extrema dureza: en el caso de la Reserva Federal estadounidense, ya no se esperan bajadas de tipos hasta finales de 2026. Y en la eurozona incluso se descuentan nuevas subidas de entre 50 y 75 puntos básicos. Es decir, el crédito seguirá encareciéndose.
Pero aquí surge una cuestión importante, porque a primera vista esto parece contradictorio. Los mercados parecen decirnos: “tranquilos, esta escasez es solo un shock temporal”. Pero entonces, ¿por qué los bancos centrales parecen entrar en pánico y continúan endureciendo su política monetaria si supuestamente el problema desaparecerá pronto?
La razón es que existe un miedo profundamente arraigado a la estanflación. Incluso si los mercados aciertan y los precios del petróleo vuelven a bajar dentro de seis meses, estos costes energéticos extremadamente elevados ya están filtrándose ahora mismo en toda la economía global. Cada transportista, cada panadero y cada proveedor de servicios tiene que subir precios para poder mantener a flote su negocio. Y el peligro es que esas subidas de precios terminen consolidándose de forma persistente tanto en nuestras expectativas como en contratos y salarios. Todo ello mientras el crecimiento económico se estanca porque los consumidores se ven obligados a ahorrar.
Esa mezcla tóxica de estancamiento económico e inflación persistente es precisamente lo que tanto temen los bancos centrales. Por eso necesitan mostrar una determinación absoluta, independientemente de lo que los mercados descuenten a corto plazo. Toda esta incertidumbre también tiene consecuencias sociales muy concretas. Pensemos en Estados Unidos, aunque aparentemente esté mejor protegido frente al shock energético directo. Allí, la tasa de ahorro de los hogares ha caído ya a apenas el 3,6%.
Al mismo tiempo, los costes energéticos se han disparado: se sitúan un 19% por encima de los niveles de noviembre de 2021. Cuando el coste diario de desplazarse al trabajo sube de tal manera, eso afecta directamente a la vida cotidiana de cada persona. Por eso, en un momento en que las elecciones de medio mandato en Estados Unidos se acercan, esta cuestión podría ser muy perjudicial para las aspiraciones republicanas.