Mucho se ha comentado que el gasto en intereses de la deuda estadounidense ya supera al de defensa. Este dato, junto al anuncio de Scott Bessent de aumentar el volumen de las recompras de deuda a largo plazo, cuando el bono estadounidense a 30 años alcanzaba una rentabilidad del 5,3%, vuelve a poner sobre la mesa el elefante en la habitación. ¿Hasta qué punto es sostenible la deuda pública?
El gráfico muestra la evolución de la deuda pública bruta estadounidense (línea roja) y del déficit primario (línea discontinua azul), ambos como porcentaje del PIB. Desde el año 2000, el ratio de deuda sobre PIB se ha más que duplicado, hasta alcanzar el 122% en el primer trimestre de 2026, mientras que el último registro del déficit primario se sitúa en 2,6% del PIB.
Sin embargo, la sostenibilidad de la deuda no debe interpretarse únicamente por su volumen. Su evolución viene determinada, principalmente, por la interacción entre el saldo primario, el coste de financiación de la deuda y el crecimiento económico. Cuanto mayor sea la diferencia entre el coste de la deuda y el crecimiento, mayor será el esfuerzo fiscal necesario para estabilizar el endeudamiento.
Estados Unidos se ha beneficiado históricamente de la liquidez de su mercado de deuda, del dólar como moneda de reserva global y de su dinamismo económico, lo que ha permitido financiar déficits persistentes durante gran parte de las últimas dos décadas. ¿En qué escenario esta dinámica de endeudamiento podría verse afectada? Con tipos estructuralmente más elevados, menor crecimiento económico o una caída de la demanda de activos denominados en dólares que encarezca su financiación.
En el fondo, analizar la sostenibilidad del endeudamiento exige ir más allá de las cifras y los titulares. La cuestión no es solo cuánto debe una economía, sino a qué coste se financia, cuánto crece y qué capacidad tiene para generar los recursos necesarios para estabilizar su deuda.