Elliot, Starboard Value, Icahn... apuntalan su liderazgo en el activismo corporativo. El informe Sodali 40 Activist Ownership Analysis Q2 2025 revela un activismo cada vez más concentrado, concienzudo y global, con fondos que lideran estrategias corporativas en tecnología, finanzas o industria, con perspectiva para apreciar que las SPACs resurgen como plataformas de consolidación sectorial y vislumbrar que la gobernanza corporativa se enfrenta a nuevos desafíos.
EL ACTIVISMO CORPORATIVO atraviesa en 2025 una etapa de redefinición estructural, a tenor de las conclusiones del informe Sodali 40 Activist Ownership Analysis Q2 2025, en el que sus expertos destacan que los fondos de inversión concentran sus carteras de capital en valores de segmentos productivos específicos –mayoritariamente, industriales (23,7%), por delante de aquellos que se identifican bajo sellos tecnológicos (16,4%) y de los vinculados a las finanzas (15,8%)–, y que, en su conjunto, suman más de la mitad de los flujos destinados a campañas de presión accionarial.
Este patrón de comportamiento evidencia un desplazamiento hacia empresas con potencial de revalorización y margen de mejora operativa, en las que los activistas identifican oportunidades estratégicas para incrementar valor y reconfigurar estructuras de gestión y gobierno.
La concentración sectorial no es casual. La industria, tradicionalmente percibida como rígida, es la que ahora ofrece márgenes para abordar reconversiones de cadenas de suministro y eficiencia operativa, mientras la tecnología y las finanzas representan vectores innovadores y con opciones de escalabilidad, en un contexto de digitalización y volatilidad económica. La atención marginal hacia materiales, servicios públicos y bienes raíces, con asignaciones por debajo del 5%, refuerza la idea de que los activistas priorizan sectores donde su influencia pueda traducirse en cambios significativos y visibilidad mediática.
En el análisis geográfico, el informe de Sodali sigue otorgando a EEUU un protagonismo estelar. Las 20 posiciones más relevantes del segundo trimestre de 2025 se dirigieron hacia compañías cotizadas americanas, destacando la entrada de Elliott Management en HP por 380 millones de dólares. Este tipo de movimientos no solo refleja capacidad financiera, sino también estrategia de intervención en conglomerados tecnológicos a gran escala, donde las presiones accionariales puede generar cambios tangibles en la estrategia corporativa. Por contra, Europa y Asia–Pacífico muestran un patrón emergente. Mientras Francia ha superado al Reino Unido como receptor de nuevas campañas, y Japón y Singapur consolidan su atractivo para activistas orientados a planes de reestructuración empresariales.
UN AMPLIO ACTIVISMO, PERO MUY HETEROGÉNEO
Los ajustes del portfolio evidencian que el activismo no es homogéneo. Microsoft y Visa lideran las posiciones ampliadas, lo que indica confianza en su crecimiento futuro –explican los expertos de Sodali–, mientras que Cevian Capital deshace su participación en Baloise Holding, que ilustran las salidas selectivas desde sectores con menor potencial de revalorización.
Este comportamiento demuestra un activismo más estratégico y sofisticado, donde la selección y la gestión de riesgos financieros y reputacionales son factores clave, dicen en la firma de proxy solicitor.
El estudio también corrobora el resurgimiento de las denominadas SPACs –o Special Purpose Acquisition Company, empresas sin actividad operativa cuyas acciones cotizan con el objetivo de participar en futuras fusiones o adquisiciones en un sector concreto y antes de vencimientos determinados– lo que constituye –alertan– otro fenómeno relevante. Tras un período de declive y cuestionamientos regulatorios, estos vehículos concentran el 15% de las nuevas posiciones de activistas, con un valor acumulado próximo a los 1.000 millones de dólares. Su retorno sugiere que el inversor los percibe como instrumentos eficaces para consolidar segmentos de actividad específicos, combinando flexibilidad estructural con oportunidades de crecimiento rápido y con mecanismos de control estratégico sobre las compañías objetivo.
Las 20 posiciones más relevantes se dan en cotizadas de EEUU, destacando la entrada de Elliot en HP por $380 mn. Con Microsoft y Visa liderando las posiciones ampliadas... En España, el activismo tiene un tono más constructivo y privado
Los actores dominantes –Elliott Management, Starboard Value e Icahn Associates–, apuntalan su liderazgo. No solo por el capital desplegado, sino también por su capacidad de influir en cambios estratégicos y en gobernanza corporativa, generando eco mediático y atrayendo la atención de otros accionistas. Este factor aumenta aún más la complejidad para analizar la gobernanza: los consejos de administración se enfrentan en la actualidad al reto de equilibrar independencia con presión accionarial concentrada, al desafío de gestionar expectativas divergentes entre sus inversores, que cada vez ganan más en sofisticación, y al objetivo combinado de incrementar la rentabilidad y la sostenibilidad.
EL PATRÓN DE COMPORTAMIENTO ESPAÑOL
En España, este patrón adopta una forma más singular. El activismo asume un tono todavía más constructivo y privado, centrado en el buen gobierno y en las prácticas retributivas del consejo. Aunque menos agresivas que en EEUU, donde estas campañas son efectivas y reflejan cómo la estructura regulatoria y la composición accionarial condicionan la manera de articular la presión accionarial. La concentración de capital en pocos inversores –característica española– aumenta la influencia sobre los consejos y subraya la necesidad de instaurar políticas y estructuras que preserven la independencia y la representación equitativa de todos los accionistas.
Los errores más frecuentes de las compañías frente al activismo –esencialmente, una clara falta de preparación, desconocimiento de las motivaciones de los inversores y un tono excesivamente defensivo–, revelan que la sofisticación de los activistas ha superado la capacidad de respuesta tradicional de muchas empresas. La anticipación, la transparencia y la articulación de un discurso coherente sobre valor a largo plazo se han convertido en elementos esenciales para una gestión adecuada de todas estas dinámicas.
El activismo corporativo de 2025 refleja también un aumento de la polarización y sofisticación estratégica. Los inversores mezclan sinergias relacionadas con objetivos financieros y criterios de sostenibilidad y buen gobierno. Un cóctel que genera escenarios en los que diferentes grupos pueden presionar, incluso, por decisiones opuestas. En consecuencia, advierten desde Soladi, “la información y los datos se erigen como herramientas de influencia, mientras la comunicación y la reputación corporativa se vuelven elementos decisivos para ejercer presión efectiva”.
En este contexto, el informe Sodali 40 destaca que el activismo mantiene un rol estructural en los mercados de capitales. La concentración sectorial, la revitalización de instrumentos como los SPACs y la distribución geográfica de las campañas anticipan un futuro en el que la interacción entre presión accionarial, regulación y reestructuración empresarial será esencial. La evidencia sugiere que estamos ante un activismo más globalizado, profesionalizado y estratégico –explican sus expertos– con implicaciones directas sobre la gobernanza corporativa y sobre la planificación de estrategias a largo plazo.
EL ACTIVISMO ACCIONARIAL HA DEJADO DE SER UN FENÓMENO PROPIO DE MERCADOS ANGLOSAJONES
Borja Miranda Johansson, managing director de Sodali & Co, subraya que el activismo accionarial ha dejado de ser un fenómeno limitado a los mercados anglosajones y se ha convertido en una herramienta global de influencia: “Estamos entrando en una etapa de activismo accionarial más sofisticado”, afirma. Señala que los inversores buscan generar valor donde identifican brechas entre el valor de mercado y el potencial de la compañía, combinando objetivos financieros con criterios de sostenibilidad y buen gobierno.
Respecto a España, Miranda explica que predomina un activismo constructivo y privado, centrado en la estructura del consejo y la alineación de retribuciones con expectativas de mercado. Advierte que, incluso en mercados donde la presión es menos visible, la influencia sobre decisiones estratégicas y la gobernanza corporativa es creciente: “El activismo cobra un rol cada vez más grande entre las preocupaciones de los consejos, especialmente en la gestión de riesgos, remuneraciones y conflictos de interés”.
Su visión sobre tendencias futuras es nítida y, entre ellas, destaca la sofisticación, la globalización y la polarización del activismo: “Veremos campañas que combinan objetivos financieros con sostenibilidad, buen gobierno e incluso criterios sociales. La tecnología y los datos serán herramientas clave para ejercer presión y alcanzar masa crítica de influencia”. Su análisis confirma que el activismo corporativo, lejos de ser coyuntural, se consolida como un actor neurálgico de la agenda empresarial global.◊