Estados Unidos se acerca a un hito histórico: la deuda federal ha superado por primera vez la barrera de los 40 billones de dólares. Si se mantienen las actuales tendencias de endeudamiento, la deuda total podría alcanzar los 50 billones de dólares ya en 2029. El momento resulta especialmente significativo, coincidiendo con la celebración del 250 aniversario de Estados Unidos. Sin embargo, para los inversores, la cuestión más importante no es el volumen absoluto de la deuda, sino cuánto costará financiarla en los próximos años. Los gastos por intereses ya se han convertido en una de las partidas de mayor crecimiento del presupuesto federal.
Es probable que esta cuestión también reciba una mayor atención política. Una vez concluidas las celebraciones del aniversario, los déficits, los niveles de deuda y la sostenibilidad a largo plazo de las finanzas públicas estadounidenses podrían volver al centro del debate. El umbral de los 40 billones de dólares proporciona un potente titular para reavivar esta discusión.
A primera vista, la situación parece alarmante. Las rentabilidades de los bonos del Tesoro estadounidense a largo plazo han vuelto a niveles que no se veían desde antes de la crisis financiera mundial. Más recientemente, el Tesoro estadounidense tuvo que ofrecer rentabilidades superiores al 5% en las nuevas emisiones de bonos a 30 años. Sin embargo, los mercados siguen ofreciendo pocas señales de que los inversores estén cuestionando de forma fundamental la solvencia de Estados Unidos. La demanda en las subastas del Tesoro continúa siendo sólida e incluso las ventas reiteradas por parte de inversores extranjeros, por ejemplo, durante las intervenciones sobre el yen japonés, no han logrado hasta ahora alterar el equilibrio del mercado. Al mismo tiempo, el coste de asegurarse frente a un impago de Estados Unidos, medido a través de los Credit Default Swaps (CDS), ha vuelto a caer recientemente hasta situarse en torno a los 38 puntos básicos. Por tanto, los mercados están señalando unos costes de financiación más elevados, pero no una crisis de confianza.
Una de las razones es el papel único que desempeña el mercado de bonos del Tesoro estadounidense en el sistema financiero mundial. Para muchos inversores institucionales de todo el mundo existen pocas alternativas capaces de igualar su tamaño, liquidez y percepción de seguridad. El papel del dólar estadounidense como principal moneda de reserva y de comercio mundial constituye otro importante pilar de apoyo.
Por tanto, el verdadero reto de los próximos años podría estar menos relacionado con el propio nivel de deuda que con el coste de financiarla. Durante más de una década, Estados Unidos se benefició de unos tipos de interés excepcionalmente bajos. Sin embargo, en la actualidad, la deuda que llega a vencimiento debe refinanciarse cada vez más a rentabilidades significativamente superiores. Esto resulta especialmente importante dado que una parte considerable de la financiación del Tesoro se realiza mediante títulos a más corto plazo, cuyos costes de financiación se ajustan con mayor rapidez a los cambios en las expectativas sobre los tipos de interés. Como consecuencia, una proporción cada vez mayor de los ingresos públicos se destina únicamente al pago de intereses.
Esta sensibilidad quedó patente esta semana, cuando el Tesoro estadounidense anunció que, como mínimo, duplicaría el volumen de sus operaciones de recompra de deuda a más largo plazo, una medida destinada a respaldar la liquidez después de que las rentabilidades a largo plazo alcanzaran máximos de varios años.
“Cuarenta billones de dólares de deuda no representan por sí mismos un punto de inflexión macroeconómico”, afirma Christian Scherrmann, economista jefe para Estados Unidos de DWS. “Sin embargo, esta cifra ilustra claramente hasta qué punto la política fiscal estadounidense se ha alejado de su trayectoria histórica. A largo plazo, no solo importará el nivel absoluto de deuda, sino también qué proporción de la producción económica deberá destinarse a financiarla”.
El umbral de los 40 billones de dólares constituye, por tanto, ante todo un hito político. Para los inversores, la consideración más importante es que financiar esta deuda vuelve a tener un coste significativo tras años de tipos de interés excepcionalmente bajos. La evolución del mercado de bonos del Tesoro sugiere que Estados Unidos continúa contando con la confianza de los inversores. Al mismo tiempo, hay un mensaje que resulta cada vez más claro: la resiliencia futura de las finanzas públicas estadounidenses dependerá no solo del tamaño de su carga de deuda, sino también del coste de refinanciarla.
El ritmo de crecimiento de la deuda estadounidense se está acelerando