250 años de los mercados de capitales de EEUU: una historia de adaptación a cada nueva ola de transformación

Con motivo de la celebración el pasado 4 de julio de los 250 años de EEUU, UBS ha publicado un informe dedicado a explorar la capacidad de innovación de los mercados de capitales estodounidenses, el motor que ha impulsado la transformación del país en una potencia financiera mundial. 

Como explica Ulrike Hoffmann-Burchardi, CIO Americas y Global Head of Equities de UBS Global Wealth Management: “Desde la financiación del viaje del Mayflower hasta el impulso al desarrollo de la inteligencia artificial, los mercados de capitales estadounidenses han hecho posible de forma recurrente la inversión en oportunidades inciertas, pero con un enorme potencial transformador.”

Los mercados de capitales estadounidenses no siempre han sido dominantes a nivel mundial, pero han evolucionado junto con la economía estadounidense al permitir la expansión repetida de nuevas industrias. Desde sus inicios, cuando financiaron el canal Erie y el ferrocarril transcontinental, hasta su posición actual en el centro del sistema financiero mundial impulsados por la inteligencia artificial, los mercados de capitales estadounidenses han sido un motor del crecimiento económico. Hoy en día, muchas de las empresas líderes a nivel mundial tienen su sede en EEUU, aunque la composición de ese liderazgo sigue cambiando a medida que surgen y crecen nuevas industrias. 

Los primeros valores nacionales líquidos se creación en 1790 cuando se federalizó la deuda de los estados derivada de la Guerra de la Independencia. Dos años después, los corredores de bolsa de Nueva York firmaron el Acuerdo de Buttonwood frente al número 68 de Wall Street, lo que supuso el inicio de la bolsa de valores moderna. Nueva York se hizo con la franquicia no tanto por su industria como por su infraestructura: Alexander Hamilton, el primer secretario de estado del Tesoro, dirigía el organismo desde la ciudad, y las finanzas seguían al dinero.

La financiación del canal Erie fue la primera gran prueba. Tras un contundente rechazo por parte del entonces presidente Jefferson (que lo calificó de «casi una locura») en 1809, los legisladores del estado de Nueva York tuvieron la idea de emitir deuda respaldada por los futuros ingresos procedentes de los peajes para financiar el proyecto, lo que supuso uno de los primeros ejemplos de financiación mediante deuda municipal en Estados Unidos. La innovación radicó más en la distribución de la venta de la deuda que en su estructura, ya que los estados ya habían emitido bonos locales, aunque a una escala mucho menor. Barings Brothers, un destacado banco mercantil que había suscrito la Compra de Luisiana, colaboró con los funcionarios del estado de Nueva York para distribuir la financiación de la deuda en tramos más aceptables, cada uno con su propio perfil de riesgo y vencimiento, que resultaban más fáciles de asimilar para los acreedores extranjeros de Londres y Ámsterdam. Al mismo tiempo, cobraron protagonismo cajas de ahorros como la Philadelphia Saving Fund Society y el Bank for Savings de Nueva York, junto con compañías de seguros de vida como Massachusetts Hospice Life.

Recorrer la historia de los mercados de capitales estadounidenses desde entonces es una tarea difícil de sintetizar. Al menos, es imprescincible recordar los hitos que marcaron sus últimos 100 años: el crack de la bolsa de Nueva York en 1929 y la consiguiente Gran Depresión que se extendió a toda la década de los años 30; la crisis de petróleo de 1973 provocada por el corte de suministro de los países de la OPEP. Ya en el siglo XXI la burbuja de las puntocom, los escándalos contables de Enron y Worldcom, la Gran Crisis Financiera de las subprime en 2008, los confinamientos del Covid19. 

Todas estas crisis golpearon con fuerza a los mercados de capitales estadounidenses, pero a día de hoy siguen sin tener parangón. Por dos razones principales. La primera que mientras otras economías desarrolladas centraron sus sistemas financieros en los bancos (por ejemplo, la financiación keiretsu de Japón y el modelo Hausbank de Alemania), los mercados de capitales estadounidenses adoptaron un enfoque más arriesgado y descentralizado que, en última instancia, demostró generar empresas más dinámicas e innovadoras a gran escala. Solo en Estados Unidos pueden las empresas tecnológicas no rentables cotizar en el Nasdaq o los jóvenes que abandonan la universidad recibir millones en financiación inicial de inversores de capital riesgo.

Por otra parte, las secuelas de la Segunda Guerra Mundial cambiaron radicalmente el orden mundial, y la economía estadounidense salió relativamente indemne en comparación con los países desarrollados de Europa y Asia. En este nuevo orden mundial, los Aliados establecieron el dólar estadounidense como la moneda de reserva global dominante en 1944, durante la conferencia de Bretton Woods. Ese «privilegio desmesurado» cambió la dirección de los flujos de capital e incentivó la emisión de deuda pública, al tiempo que mermó la competitividad de las exportaciones estadounidenses —consecuencias que aún hoy tienen repercusiones—. En otras palabras, la geopolítica también contribuyó a la adopción generalizada de los activos estadounidenses a escala mundial.

Según el informe de UBS, "si eres inversor en acciones, también eres, por defecto, un inversor estadounidense". Además, las diez principales empresas del mundo son, cada vez más, estadounidenses y es posible que sigan siéndolo en un futuro previsible. Según McKinsey, las empresas con sede en EEUU acaparan tres cuartas partes de la capitalización bursátil mundial en las «industrias del futuro», una distinción que no sería posible sin la conexión del país con sus mercados de capitales.

Este patrón no es nuevo. Desde los ferrocarriles hasta la electrificación y, más tarde, Internet, los mercados de capitales estadounidenses han demostrado en repetidas ocasiones su capacidad para movilizar capital en apoyo de tecnologías transformadoras. Cada ciclo ha seguido una progresión ya conocida: la innovación impulsa la inversión, puede surgir un exceso de capital, los períodos de tensión ponen a prueba el sistema y la regulación evoluciona en respuesta a ello. Hoy en día, los mercados parecen encontrarse en la fase inicial de ese ciclo, caracterizada por una rápida innovación y un despliegue de capital a gran escala.

Aún no está claro si la expansión de la inteligencia artificial acabará dando lugar a un exceso de capital. Pero, si nos guiamos por la historia, los períodos de sobreinversión pueden provocar desequilibrios, seguidos de un ajuste y una estabilidad renovada. Lo que se mantiene constante es el papel de los mercados de capitales estadounidenses a la hora de coordinar el capital entre un conjunto diverso de participantes e instrumentos para financiar la transformación económica.

Redacción Consejeros
Queremos contar qué piensan, y por qué, quienes administran nuestros capitales, nuestros votos y nuestros derechos. En las grandes sociedades cotizadas y en las grandes instituciones surgidas para defendernos y representarnos, para marcar el rumbo.

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